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Desarrollo emocional en niños con padres divorciados

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Por Alison García
Psicóloga Clínica

En la actualidad es común que escuchar que los padres de un amigo o conocido estén separados, al igual que uno mismo haberlo vivido y muchas veces los padres no controlan como es que se percibe desde los ojos de los hijos y es entendible pero no justificado pues, aunque ellos la estén pasando mal como una relación amorosa, no dejan de ser padres y deben ser consientes de que dejan huellas en quienes deberán seguir criando y educando a pesar de la situación sentimental.

La familia es el primer contexto en el que los niños desarrollan su identidad emocional, social y cognitiva. Cuando se produce una separación o divorcio, este equilibrio puede verse alterado de forma significativa. El divorcio, aunque cada vez más común en las sociedades, sigue siendo una experiencia significativamente estresante para los hijos.

Así saber que su realidad se modifica le es complicado por aceptar, pues es información que todo el tiempo codifico como conocido y un cambio de el le dejara huellas anémicas que es un futuro puede traer frutos negativos o positivos. Para un niño, el divorcio puede representar una ruptura emocional y a menudo implica cambios drásticos en su rutina diaria: mudanzas, nuevos entornos escolares, disminución del contacto con alguno de los padres, o incluso la aparición de nuevas figuras como los son parejas amorosas de sus padres.

Los niños pequeños, que aún no comprenden plenamente el concepto de separación, pueden experimentar confusión, tristeza, miedo y ansiedad. Algunos pueden incluso sentirse culpables por la ruptura de sus padres, pensando erróneamente que su comportamiento tuvo algo que ver. En cambio, los niños mayores o adolescentes, aunque más capaces de comprender la situación, pueden desarrollar sentimientos de enojo, resentimiento o una visión cínica del amor y las relaciones.

Sugerimos: Apego y estilos de crianza: la base del desarrollo emocional

En la primera infancia (0-5 años): Los niños tienen una comprensión limitada del conflicto familiar. Pueden mostrar ansiedad por separación, regresión en comportamientos ya superados (como mojar la cama o pedir chupete), e irritabilidad. El entorno afectivo estable es crucial en esta etapa, por lo que los cambios bruscos pueden generar inseguridad.

En la niñez media (6-11 años): Empiezan a entender el concepto de divorcio, pero aún pueden idealizar la reconciliación. Surgen sentimientos de culpa o fantasías de que pueden “reunir” a sus padres. A menudo, los cambios emocionales se manifiestan en el rendimiento escolar, dificultades para concentrarse o problemas de conducta.

En la adolescencia (12-18 años): Aunque los adolescentes entienden mejor las razones detrás de un divorcio, suelen verse emocionalmente afectados. Puede haber una fuerte necesidad de independencia, cuestionamiento de la autoridad parental o conductas de riesgo (rebeldía, consumo de sustancias, etc.). También pueden desarrollar desconfianza en las relaciones afectivas.

El divorcio de los padres puede ser un proceso no necesariamente traumático si se maneja con cuidado, amor y responsabilidad. Lo que más influye en su bienestar emocional no es la separación en sí, sino cómo esta se lleva a cabo, cómo se comunican los adultos con ellos, y qué tipo de apoyo emocional reciben en el proceso.

Información de apoyo “Etapas psicosociales de Erik Erikson”.

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