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Ten cuidado con lo que le comunicas a tu hijo o hija

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Por Alison García
Psicóloga Clínica

Las palabras que los padres dicen a sus hijos pueden parecer simples sonidos que se pronuncian en segundos, pero en realidad tienen un significado duradero. Desde la primera infancia, los niños aprenden a verse a sí mismos a través de los mensajes que reciben de las figuras que más aman y necesitan sus padres ya que son su primer objeto de amor y de sobrevivencia. Y aunque todos los padres cometen errores porque nadie nace sabiendo cómo criar, comprender el peso que tienen nuestras palabras puede ayudar a construir hijos más seguros, más estables emocionalmente y más capaces de enfrentar la vida.

Para un niño, la voz de sus padres es como un espejo que le dice quién es y cuánto vale. Cuando un padre dice “Estoy orgulloso de ti”, “Confío en ti” o “Sé que puedes”, el niño empieza a internalizar esas frases hasta convertirlas en partes de su identidad recuerda que los hábitos se hacen a través de la constancia y al repetir con constancia estas frases el niño las apropia. Son mensajes que se transforman en una voz positiva, la misma que en la adolescencia o adultez le dirá “Sí puedo lograrlo”, “Merezco cosas buenas”, “Tengo valor”.

Pero cuando las palabras son duras, descalificadoras o cargadas de enojo, pueden dejar huellas difíciles de borrar. Frases como “Eres un inútil”, “Siempre haces todo mal”, “No sirves para nada” o incluso comentarios aparentemente pequeños como “Ya ves, por eso nadie te va a querer”, pueden convertirse en heridas emocionales que se abren una y otra vez en diferentes etapas de la vida, aun cuando el niño ya es adulto. Y esto se le determina como huellas mnémicas o huellas emocionales; a nivel psicológico y también neurológico, las palabras repetidas una y otra vez moldean la forma en que los niños procesan sus emociones.

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El cerebro infantil está en formación, y todo lo que escucha se va guardando como una “verdad”, porque no tiene aún la capacidad de cuestionar o filtrar lo que escucha y menos si es constantemente. Por eso los comentarios negativos persistentes generan miedo, inseguridad, baja autoestima y dificultades para confiar en los demás o en sí mismos.

En cambio, las palabras que validan, que explican y que acompañan emocionalmente fortalecen áreas del cerebro que ayudan a regular emociones, tolerar frustraciones y desarrollar empatía. Si bien en otras las palabras pueden lastimar, pero también pueden construir conexiones internas poderosas que acompañan a lo largo de toda la vida.

Las palabras también educan emocionalmente, muchos padres piensan que la educación se basa únicamente en corregir, señalar errores o enseñar reglas, pero la verdad es que la educación emocional empieza en la forma en que se les habla a los hijos ya que enseñando a su hijo a nombrar lo que siente, a darle sentido, a expresarlo sin miedo y a resolverlo sin dañarse ni dañar a otros. Estarán construyendo adultos con más habilidades para comunicarse, para poner límites y para tomar mejores decisiones.

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