Por Alison García
Psicóloga Clínica
Cuando identificamos una cierta irritabilidad constante, la apatía disimulada, los pensamientos repetitivos, la desconexión interna, la fatiga sin causa especifica. Y en medio de todo eso, puede sentirse irónico, pero sabemos hay que buscar ayuda y, aun así, no lo hacemos.
Este fenómeno, tan común y poco discutido, es un claro ejemplo de disonancia cognitiva y el resultado es un malestar psicológico que buscamos calmar mediante justificaciones como “No tengo tiempo”, “Ya se me va a pasar”, “Hay gente con problemas más graves”, “No quiero remover cosas del pasado”, “No estoy tan mal”.
Pero ninguna de esas frases resuelve la disonancia. Solo la anestesian; puede entenderse como una conducta de evitación. Esto significa que, como seres humanos, tendemos de forma natural a evitar emociones, pensamientos o recuerdos que nos resultan dolorosos o incómodos.
Quizá esa fantasía de control del “todavía puedo solo” se convierte a decirnos que podemos con todo, que solo necesitamos organizarnos mejor, dormir más, hacer ejercicio, hablar con un amigo, meditar, leer un libro de autoayuda o dejar pasar el tiempo. Y aunque todas esas acciones pueden ser útiles, ninguna sustituye el trabajo que puede ofrecer un proceso terapéutico.
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Se vuelve el equivalente emocional de poner un curita sobre una herida y nos convencemos de que “ir a terapia es para los que están realmente mal” y pesar de como se ha normalizado la salud mental, muchas personas aún cargan con una versión de “Si necesito ayuda, significa que soy débil.” “Debería poder resolverlo solo.” “Estoy siendo dramático.” Estas frases no siempre son conscientes, pero se manifiestan en la culpa que sentimos por tener síntomas, en la vergüenza de no estar bien, o en la dificultad para pedir ayuda.
Sabemos que el cambio no ocurre de la noche a la mañana, sino como resultado de una acumulación de micro decisiones. No se trata de despertarse un día con “ganas” de ir a terapia eso rara vez sucede, sino de actuar a pesar de no sentirse del todo listo. Escribirle a un terapeuta. Pedir una recomendación. Leer sobre enfoques terapéuticos. Hacer una llamada. Agendar una primera sesión, sin comprometerse aún a un proceso largo. La acción antecede, muchas veces, a la motivación.
Aceptar que necesitamos ayuda no es rendirse. Es madurar. Es hacer espacio para el cuidado consciente. Es dejar de sobrevivir en piloto automático para empezar a estar presentes en nuestra propia vida. Si sabes que lo necesitas y aún no lo haces, no te culpes: estás en un proceso. Pero también es cierto que el silencio emocional tiene un costo, y que cuantas más tardes en atender lo que te duele, más peso lleva eso contigo.
Tal vez no estés listo para contar toda tu historia, ni para desarmarte en lágrimas, ni para responder preguntas difíciles. Pero sí puedes estar listo para algo más simple y más urgente como decidir que no quieres seguir solo con esto.







