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Sentirse en crisis

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Por Alison García
Psicóloga Clínica

Cuando estamos en crisis es por que nos resistimos a los cambio, pues solemos estar tan acostumbrado a estar colocados en lo cómodo y ya conocido, que cuando se nos presenta esto nos sentimos en peligro porque la adaptación implica un esfuerzo extra de nuestra parte.

Las crisis personales que surgirán de experiencias universales y aunque generan malestar, tienen un enfoque con un valor de crecimiento. Desde la psicología, una crisis puede entenderse como un momento de ruptura en el equilibrio interno de la persona. Se produce cuando las estrategias que comúnmente utilizamos para afrontar dejan de ser eficaces para afrontar las adversidades ante la vida, lo que provoca una sensación de desorientación y vulnerabilidad.

En este estado, los individuos suelen experimentar un alto nivel de ambivalencia emocional: ansiedad, tristeza, enojo, miedo e incluso sentimientos de vacío o de pérdida de sentido. Lo que antes resultaba seguro o estable comienza a tambalearse, y esto puede afectar tanto a la identidad personal como a la percepción de control sobre la propia vida.

Las crisis pueden estar vinculadas a eventos externos como duelos, separaciones, cambios laborales, enfermedades o a procesos internos, más silenciosos, como la toma de conciencia de insatisfacciones acumuladas. En cualquier caso, lo que define la vivencia de crisis es la incapacidad de utilizar las herramientas previas de afrontamiento, lo que nos obliga a las personas a replantearse sus recursos psicológicos y sus esquemas de vida.

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Aunque la experiencia suele ser dolorosa, se reconoce que las crisis también aportan esas oportunidades de crecimiento. De cierta forma también nos permiten una reorganización psíquica que conduce a la construcción de nuevas narrativas personales y emocionales. La resiliencia, entendida como esa capacidad de adaptarse de manera positiva ante las adversidades de la vida, juega aquí un papel fundamental. Vivir este estado de crisis implica aceptar la incertidumbre, sostener el malestar y permitir que emerjan nuevas formas de comprenderse y relacionarse con el entorno.

Desde un enfoque terapéutico las crisis buscan acompañar a la persona en la validación de sus emociones, en la exploración de sus recursos internos y en la construcción de alternativas más funcionales de afrontamiento. Se trata de un proceso en el que el dolor no se niega, sino que se resignifica, posibilitando la emergencia de un sentido renovado de identidad y propósito vital permitiendo dar una introspección para afrontar el estado de alerta en el que coloca este estado.

El sentirse en crisis no debe entenderse únicamente como un fracaso o una debilidad propia. Si no más bien es un punto de inflexión que refleja la necesidad de cambio y de reestructuración interna. Si se da ese apoyo adecuado y una apertura al cambio, puede convertirse en una experiencia que fortalezca la autocomprensión, la autonomía y la capacidad de enfrentar futuros desafíos ya que todo nos lleva a una gran experiencia de aprendizaje aun que nos cueste entender por las formas tienden a ser tan abruptas y rudas para nosotros.

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