Por Alison García
Psicóloga Clínica
En el crecimiento de niños y adolescentes, es normal que existan cambios, etapas difíciles y momentos de silencio. Sin embargo, también hay señales que pueden indicar que algo más está pasando y no es fácil para ellos expresarlo. Se entiende que los niños rara vez expresan directamente lo que sienten; ya que ellos se comunican a través de su comportamiento, sus hábitos, su cuerpo y su forma de relacionarse. Por ello, observar cambios sutiles o incluso drásticos puede ser la señal para identificar que necesitan apoyo emocional.
Uno de los signos más comunes es la alteración del estado de ánimo, el comportamiento y actitudes del infante. Si un niño o adolescente que solía ser alegre se muestra irritable, triste o apático durante un periodo prolongado, puede ser una señal de que está atravesando una emoción difícil que aún no puede nombrar ya que muchas veces como papás no se les prepara para educar la inteligencia emocional de los hijos. Estos cambios no siempre son explosivos; a veces son silencios más largos, miradas apagadas o un “no sé” repetido ante cualquier pregunta sobre cómo se siente.
Otro indicador importante es el cambio en los hábitos cotidianos. El sueño y el apetito suelen ser señales específicas de que algo pasa a nivel emocional. Si duerme demasiado o muy poco, si come compulsivamente o pierde el interés por alimentos que antes disfrutaba, puede ser una respuesta del cuerpo al estrés, la ansiedad o la tristeza. El organismo habla cuando la emoción no encuentra palabras.
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También es clave observar modificaciones en la conducta social. La repentina necesidad de aislarse, evitar amigos, dejar actividades que antes le entusiasmaban o preferir estar solo continuamente puede reflejar miedo, confusión, inseguridad o alguna experiencia que les ha generado malestar. En la adolescencia es normal buscar independencia, pero cuando el aislamiento se convierte en la única forma de relacionarse, algo está ocurriendo y quizá no sepa en qué momento empezó a suceder.
Los cambios en el rendimiento escolar también pueden ser una señal. Ya que se puede reflejar en las calificaciones, dificultad para concentrarse, que se le olviden tareas frecuentemente o una actitud de desinterés hacia la escuela pueden reflejar problemas emocionales o situaciones externas que están afectando su bienestar. La mente distraída suele estar ocupada en resolver un conflicto interno que aún no se ha expresado.
Otro signo importante es la aparición de quejas físicas sin causa médica aparente, como dolores de cabeza, estómago, cansancio constante o tensiones musculares, incluso urticaria. Estos síntomas somáticos son comunes en niños y adolescentes, especialmente cuando viven emociones que no saben cómo gestionar. El cuerpo se convierte en un canal para expresar lo que la mente calla.
También es relevante observar cambios en la forma en que se expresan o se relacionan con la familia. Un hijo que empieza a contestar de forma muy agresiva o, por el contrario, se vuelve excesivamente sumiso, puede estar tratando de adaptarse a una situación que le genera miedo, inseguridad o presión. La forma en que se comportan es un reflejo de cómo están intentando protegerse emocionalmente.







