Por Monsetrrat García
Con paso lento, se dirige hacia la puerta, la abre con dificultad, son las ocho de la mañana, la primavera está por terminar, así que las primeras horas del día suelen ser frescas, es un momento propicio para salir y disfrutar de los rayos del sol.
Las dos pequeñas mascotas peludas se emocionan al ver al hombre de avanzada edad, saben que podrán salir por unos minutos mientras él realiza su paseo matinal que consiste en caminar en círculos en un espacio de aproximadamente 10 metros cuadrados. Aunque los dos caninos tienen muchas energías, y en los primeros instantes corren de un lado a otro descontrolados, al ver al dueño caminar con lentitud regresan hacia él y procuran acompañarlo a su paso.
Él observa pasar a la gente y vehículos en la calle, algunas personas lo saludan y miran con extrañeza, no saben qué es lo que hace, sólo lo ven desplazarse pausadamente acompañado de dos bolas de pelo oscuro.
Mientras camina, escucha a los pájaros revolotear alrededor de un gran pirul, los recuerdos vienen a su mente, aquellos años de infancia en los que se decía cazador y junto con un amigo buscaban en la vegetación de su pueblo aves para cazarlas y venderlas a los estudiantes de Biología, el arma era una resortera, artefacto hecho con madera en forma de Y, la cual tenía amarrada una liga que ayuda a lanzar con fuerza piedras que hacen la función de municiones para la caza de animales.
“Yo era muy buen cazador”, comentó alguna vez, pero dejó esta actividad que empezó por ahí de los ocho años, después de que su mamá lamentó la muerte de un pájaro que él le llevó, “ni modo se murió”, dijo ella con tristeza; en ese momento, él entendió que matar aves no era algo bueno, ya que ponía triste a su mamá, no volvió a agarrar la resortera y desistió de su trabajo de cazador. Ahora, a sus casi 75 años de edad, disfruta del canto de los pájaros, las cataratas en los ojos le impiden verlos bien, pero por su trinar, sabe que están ahí, musicalizando su mañana.
En uno de sus pasos, tropieza con una piedra, con dificultad se agacha y la levanta, es de apenas el tamaño de una de bola de beisbol, camina unos pasos para aventarla a la orilla donde no estorbe en el camino. Entonces, sin querer, llegan recuerdos tristes: tenía entre cinco y siete años de edad; se encontraba en un terreno de aproximadamente cien metros cuadrados con piedras grandes y pequeñas dispersadas; su papá le ordenaba que las recogiera y las amontonara; dedicaba varias horas del día a esta actividad “para hacerse hombrecito”.
Cuando terminaba de recogerlas, su padre las volvía a dispersar y al día siguiente tenía que volver a recogerlas, siempre se cuestionó por qué lo obligaba a hacer eso, sentía que no lo quería a pesar de ser el único varón entre cinco mujeres.
La tortura duró pocos años, pues su mamá decidió dejar la mala vida que este señor les daba y tomó la acertada decisión de dejarlo y llevarse a sus hijas e hijo. Adelantada a su tiempo y con gran fortaleza, luchó para sacarlos adelante. Del pueblo se fueron a la ciudad, donde los siete trabajaron para subsistir.
Con alrededor de 10 años cumplidos, buscó la forma de tener ingresos y colaborar con los gastos de la casa, empezó a vender periódicos, también le entró a la venta de chicles en los camiones, parte de sus ganancias se iban a su formación académica, fue un niño que trabajó y estudió, sabía que estudiar era la única forma de salir de la pobreza; además, sentía que la responsabilidad con su familia era mayor por ser el único varón, aunque esa era su percepción, ya que sus hermanas y su mamá siempre fueron muy trabajadoras y con capacidad de proveerse a sí mismas, sin embargo, logró ser un ejemplo de perseverancia.








